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No volver a perder un solo tren más

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En un día cualquiera de una pequeña capital de provincias de España (no más de 80.000 habitantes), deambular por el hall de su estación ADIF es un incesante soniquete machacón: “Avant, procedente de Málaga, con destino Madrid, va a efectuar su salida. Alvia con destino Córdoba. AVE procedente de Zaragoza…”.


A un extremeño en Castilla-La Mancha (por ejemplo) le corroe la envidia porque no nos situamos en Madrid, Barcelona o Sevilla, sino en una ciudad como pudiera ser Mérida, con un flujo de trenes constante y esa melodiosa locución que te lleva cada diez minutos a un sitio distinto de España, de manera confortable y con un coste económico similar o menor al combustible que gastaría un vehículo en parejo trayecto.


“Viajeros al tren” es el sonido y la fotografía del ferrocarril en Extremadura que perdura desde aquellos trenes Ómnibus Correo, Rápido Ter o el fabuloso Talgo que atravesaban el país lentos pero seguros y, en algunos casos, hasta más que confortables porque si viajabas de noche podías disfrutar del coche cama y realizar el viaje hasta Barcelona en brazos de Morfeo como si esas doce horas no hubiesen transcurrido.


Décadas después de aquellos maravillosos años ferroviarios, el tiempo del tren parece haberse detenido para los extremeños que hemos asistido como convidados de piedra al vertiginoso desarrollo de este medio de transporte en España, quedándonos con un lento pero ya no tan confortable escenario de convoyes que surcan los caminos de hierro de La Dehesa.


¿En qué momento de la implantación y desarrollo de la Alta Velocidad perdimos ese tren? ¿En qué pensaban los políticos extremeños cuando el 14 de abril de 1992 se inauguraba el AVE Madrid-Sevilla con trenes circulando a más de 250 kilómetros por hora?


Es evidente que nuestros dirigentes no estuvieron listos ese abril del 92, no fueron capaces de entender -o sí lo entendían pero les apremiaban otros asuntos más baladíes- que el desarrollo de una tierra pasa en gran medida por sus comunicaciones y en esto nos hemos anclado en la década de los setenta, debiendo uno proveerse de viandas (si osas ir en tren a Madrid y olvidaste el agua afrontas el riesgo de sufrir deshidratación) y grandes dosis de paciencia antes de subir a uno de esos “cacharros”.


Culpar a los Gobiernos de Madrid y lamentarse de que hemos perdido la cuenta de los ministros de Fomento que han venido a hacerse la foto de las obras del AVE, no desancla a Extremadura del tremendo hándicap que supone esta situación de desventaja en lo que se refiere al transporte de personas y mercancías con respecto al resto de España.


Con la llegada de las autonomías, muchos pensamos que se articulaba un sistema capaz de luchar por los derechos de los territorios y conseguir avances más ágiles y eficaces que con el centralismo. Ni Ibarra, ni Fernández Vara, ni Monago han conseguido fomentar el crecimiento extremeño con algo tan obvio como disponer de un buen ferrocarril que contribuiría al desarrollo de nuestra región.


¿Por qué no han luchado codo a codo por el futuro de Extremadura nuestros políticos regionales? Unos pensarán que sí lo hicieron, otros que no pudieron y algunos que no quisieron, pero una de las causas mayores del estancamiento de nuestra tierra es haber perdido el “tren” de las comunicaciones y no solo deberíamos buscar “culpables” en Madrid, que también, y sí ejercer más la autocrítica en la búsqueda del ´”qué hemos hecho mal” (para merecer esto), aunar esfuerzos y no volver a perder un solo tren más.

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